El adulto interviene de forma espontánea en el acto de la alimentación del niño. Las formas de intervención a veces pasan por el hecho sencillo de probar el alimento frente a la mirada del niño.
Probar el alimento, mantenerlo un tiempo en la boca para percibir su sabor, saborear, es una enseñanza importante para el niño, porque se le “dice en actos” que la boca no es un tubo (alimenticio), que la boca es una estancia donde el alimento se demora, no para cumplir con una acción higiénica y adecuada a la molienda del alimento, no se trata de masticar tantas veces, ni de una acción correcta, sino de la mínima demora del alimento en la boca para que las papilas gustativas cuenten con el tiempo para recepcionar el sabor.
El niño aprende que hay un espacio en el cuerpo donde el alimento puede cobrar sabores distintos, que comer no es tragar, que alimentarse no consiste en que pase algo de un lugar al otro, sino que en primera instancia, es bueno que se detenga en un lugar, y que el acto de la alimentación no es tanto tragar sino saborear y esta acción es placentera.
Acoger el alimento recibido y hacerlo gustoso no solo alimenta a la materia orgánica, sino que nutre el cuerpo al saborizar la boca. Para saborear no basta con tener hambre sino es necesario querer disfrutar del alimento como representante de nuestra cultura, sabiendo que aunque estemos solo siempre se come con otro.